
El día nueve de abril vuelve a reunir en el santuario a quienes llegan con una petición, una gratitud o una necesidad de recogimiento. Pero hay jornadas que no se explican tanto por la afluencia o por el calendario como por los pequeños gestos: una mano apoyada, una mirada detenida, un instante de silencio ante Fray Leopoldo.
No todos los que llegan lo hacen por el mismo motivo. Algunos repiten cada mes; otros aparecen en momentos concretos, cuando algo pesa más de lo habitual. El día nueve tiene esa condición: acoge tanto la fidelidad como la urgencia. Y en medio de ese ir y venir, se repiten gestos sencillos que dicen más que muchas palabras.
Estos días, además, coinciden con la primera semana de Pascua. Después de la intensidad de la Semana Santa, la liturgia propone un tiempo distinto, más sereno, casi de asimilación. En ese contexto, el silencio del santuario nos habla y nos dice que la vida sigue, con sus preguntas y sus esperanzas, y muchos encuentran aquí un lugar donde ordenarlas.
Quizá por eso el día nueve sigue convocando. No solo por memoria o por tradición, sino porque hay espacios donde lo esencial se expresa sin necesidad de explicarse. Y en esa forma sencilla de estar, de pedir o de agradecer, permanece viva la huella de Fray Leopoldo.
Hermanos Capuchinos