Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos. Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra. Tú, mi Señor, tienes razón y a nosotros nos abruma la vergüenza, tal como sucede hoy a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los de cerca y a los de lejos, en todos los países por donde los dispersaste a causa de los delitos que cometieron contra ti. Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él. No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas.
Palabra de Dios.
R/. Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados
No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. R/.
Socórrenos, Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre. R/.
Llegue a tu presencia el gemido del cautivo:
con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte. R/.
Nosotros, pueblo, ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
cantaremos tus alabanzas de generación en generación. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».
Palabra del Señor.
El sábado pasado Jesús nos invitaba a “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Hoy concreta esa perfección del Padre: compasión, misericordia, perdón, que son los rostros más veraces y creíbles del amor y contribuyen a humanizar la vida. Solemos decir que a una se le conoce de quien es hijo “por la pinta”, porque “tiene un aire” especial. Jesús decía de él: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,8). Se le conocía por “la pinta”, por su modo de actuar, porque hacía las obras del Padre (Jn 10,25). ¿Y a nosotros? ¿Se nos conoce como hijos de Dios, por la “pinta”, por las obras? Jesús nos dice: “Que los hombres al ver vuestras buenas obras den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).