
Otro día nueve.
Amanece temprano en torno a Fray Leopoldo. Desde primeras horas llegan pasos tranquilos, miradas que buscan silencio y manos que se detienen un instante ante su tumba. Algunos vienen a pedir, otros a agradecer; muchos, simplemente, a pasar.
El día transcurre entre velas encendidas, oraciones en voz baja y rostros distintos que comparten un mismo gesto: detenerse un momento. Como si el tiempo se hiciera un poco más ancho.
Al caer la tarde, el santuario vuelve poco a poco a la calma. Pero queda esa sensación sencilla que trae cada día nueve: que, en medio de la vida cotidiana, siempre hay un lugar donde volver. Junto a Fray Leopoldo.
Hermanos Capuchinos