
Agosto suele enseñarnos a medir el tiempo de otra manera. Las horas se alargan, las ciudades cambian de ritmo y hasta las prisas parecen concederse unos días de tregua.
Quizá por eso, este 9 de agosto, pensamos en quienes llegan hasta fray Leopoldo y no tienen prisa por marcharse.
No siempre se viene a pedir. Ni siquiera hace falta encontrar las palabras adecuadas. A veces basta con quedarse: dejar pasar unos minutos, ordenar por dentro aquello que fuera sigue sin encontrar su sitio o compartir, en silencio, lo que cada cual trae consigo.
Han pasado más de setenta años desde aquel 9 de febrero de 1956 y todavía hay personas que reservan una parte de su día para estar aquí. Tal vez la memoria también sea eso: el tiempo que seguimos dispuestos a dedicar a alguien cuando ya no puede reclamárnoslo.
Y cada día 9, de una forma distinta, ese tiempo vuelve a empezar.
Hermanos Capuchinos