
Cada ramo que llega al Santuario lleva detrás una historia distinta: una petición, una promesa cumplida, un recuerdo, un agradecimiento o, simplemente, la necesidad de detenerse un momento en medio del ruido diario.
Las flores se marchitan con el paso de los días, pero el gesto permanece. Porque no se trata solo de un adorno ni de una tradición repetida: es una forma sencilla y profundamente humana de expresar lo que muchas veces cuesta poner en palabras.
En torno a Fray Leopoldo, siguen reuniéndose personas de lugares y vidas muy diferentes. Algunas llegan con alegría; otras, con preocupación o cansancio. Y, casi sin darse cuenta, dejan también un pequeño símbolo de su paso: un ramo, una vela, una oración o unos minutos de silencio.
Quizá por eso el Santuario nunca parece exactamente el mismo. Cambian las flores, cambian las estaciones y cambian las personas, pero permanece intacto algo difícil de explicar: la necesidad de confiar, agradecer y sentirse acompañado.
Hermanos Capuchinos